
A muchas personas les apasionan las películas de zombis. En América incluso se han llegado a escribir manuales de supervivencia para hipotéticas plagas de estos seres que han llegado a ser best sellers o superventas. Sus autores, jóvenes fanáticos del género que se tomaron su escritura como una broma, son hoy día multimillonarios.
Sin embargo, no fue ese el caso de George A. Romero. Un joven de los barrios bajos que desde los doce años comenzó a grabar cortometrajes protagonizados por sus amigos y familiares. Poco a poco se introdujo en el mundo de la televisión y la publicidad, hecho que terminaría derivando en su acérrima crítica al sensacionalismo y consumismo en su obra cinematográfica.
Cansado de malgastar su tiempo en solemnes tonterías que cualquiera era capaz de hacer, decidió escribir y dirigir su propio guión: una película de terror sin malas intenciones, siguiendo la estela humorística que siempre lo había caracterizado, junto a su amor por la Sci-Fi y Orson Welles. Como Welles, el que en su día fuera un dandi errabundo sin un céntimo que habitaba las calles de París durmiendo bajo un carro, y que logró una obra maestra como lo es Ciudadano Kane, al menos así la considera la mayoría, escrita al alimón con un acabado guionista alcohólico amigo suyo no reconocido en los créditos de la primera versión, Romero tenía muy claro que quería divertirse, plasmar el ideario de su grupo de amigos: un ideario desenfadado pero consciente de su cambio frente al soso tradicionalismo.
Así surgió La noche de los muertos vivientes, rodada con poco más de 114.000 dólares de la época, un lejano año 68 del pasado siglo. La que se convertiría en el Charles Foster Kane del género de terror, no fue pionera no obstante, aunque pocos casos se hubiesen dado antes en el cine desde el periodo mudo. Tampoco su crítica social fue deliberada, y es que antes del Easy Rider de Dennis Hopper, La noche fue considerada como una aguda crítica contra el racismo, las costumbres sureñas, los asesinatos políticos y la guerra del Vietnam.
La tan escandalosa elección de un protagonista negro tampoco fue consciente de sí misma, Romero eligió al joven y talentoso Duan Jones, por la simple razón de que era el mejor actor entre sus amigos. El resultado de esta aventurita no fue el taquillazo en un primer momento, si bien en los siete años siguientes lograría recaudar 40 millones de dólares en el mundo entero.
Esto daría carta blanca a Romero para hacer otra clase de películas que no gozaron ni siquiera de un éxito aproximado y que ahora no comentaremos. Pasarían diez largos años, hasta que George por fin se decidiría a rodar la secuela, gracias al apoyo del pérfido Darío Argento, que lo engañó e hizo lo que le dio la gana con el montaje en las sucesivas décadas, reestrenándola en versiones alteradas por todo el mundo, forrándose con ello.
Poco nos importa Argento aparte de esto, siempre me pareció un realizador pésimo, más un decorador, y muy poco original por ende. En fin, lo que Romero logró con Zombi: El amanecer de los muertos vivientes, fue nada más y nada menos que una obra maestra del cine. Rodada únicamente con poco más de millón y medio de dólares, la cinta recaudó casi el centenar, siendo mucho más exitosa que su predecesora. Personalmente es una de las mejores películas que he visto, de mis favoritas. Y no se trata de los efectos de Tom Savini o del gore, que también, sino por sus muchos detalles, sus geniales planos, acción, escenas genialmente resueltas, diálogos inolvidables y brillantísimos, y uno de los mejores repartos de la historia con muchísima química.
Decir que por lo corriente, Romero no ha manejado jamás un presupuesto de más de 15 millones ni rodado con actores de primera línea en toda su carrera, es decir, ausentes estrellas y superproducciones, es muy amigo nuestro por tanto, no trabaja con caras bonitas o rostros shakesperianos, sino con verdaderos profesionales, incluso amateurs talentosos, ya que muchos de sus actores no rodaron ni diez películas en toda su vida, y en los films de Romero estaban de óscar, sin exagerar.
No tengo mucho que decir sobre Zombi, sencillamente porque no le encuentro fallo alguno, es una joya del cine que recomiendo a todo el mundo, una de esas películas en las que se aprenden muchas cosas durante un agradable rato y no solamente sobre cómo levantar un proyecto, dirigir un film, o cómo responden los humanos ante el peligro, es la mejor de la saga sin duda alguna, y el mejor film de zombis de todos los tiempos, fuera la repugnante Dead Set, la oportunista Walking Dead que no resulta más que un cúmulo de todo el cine de zombis habido y por haber, o su pésimo remake perpetrado por el horripilante Zack Snyder.
Confiad en mí: ésta es la buena, no aceptéis vulgares copias sin gracia alguna salvo el pijerío, los progres o la modernidad. Pasaron casi ocho años, hasta que llegó la tercera entrega de la saga: El día de los muertos, otra maravilla con geniales actores, rodada en una base militar. Resident Evil copió la saga primigenia de Romero hasta la saciedad, especialmente en Extinción, su tercera parte, que resultaba un exitoso cruce entre Mad Max y El día. Los actores negros continuaban apareciendo reivindicando su poderío, indicando que el blaxploit seguiría hasta el fin de los tiempos. Aunque el Ken Foree de Zombi se llevase la palma, ahora y siempre.
No sería hasta veinte años después, cuando Romero anunciaría la parte final de la saga de los muertos con La tierra de los muertos vivientes, gracias a un presupuesto de 15 millones, el mayor logrado por George, y los actores de segunda de mejor calibre: John Leguizamo, Dennis Hopper (curiosamente), Asia Argento (hija de Darío, muy llamativo también), Robert Joy (una especie de nuevo Peter Lorre) y el “guardián-mentalista” Simon Baker, uno de los mejores actores de los últimos veinte años. El resultado: otra maravilla adaptada a nuestros tiempos, aunque sin la maestría apocalíptica de la trilogía filmada anteriormente por George A.
Todo parecía finiquitado, pero entonces el director, no contento con filmar para un superestudio, anunció que comenzaría una nueva saga de manera independiente con la famosa El diario de los muertos, cien veces mejor que bodrios ultracasposos como Monstruoso, Rec o paridas similares. Otra perla de su filmografía.
La faena sería rematada dos años después con La resistencia de los muertos, un pseudo western con zombis pleno de imágenes crepusculares realmente bellas. Decir que estas tres últimas partes de la saga tienen como nexo común la historia de un mismo personaje: el sargento Nicotine, interpretado por el talentoso actor Alan Van Sprang.
Esto resulta algo novedoso en la trayectoria de Romero, quién dijo en más de una ocasión que nunca emplearía a los mismos actores para una película diferente de la saga de los muertos. Alan, sin embargo, comenzó en La tierra con un rol secundario que narraba el final de su personaje, apareció por vez primera cronológicamente realizando un cameo en El diario, y después como protagonista en La resistencia. Estuvo fantástico en todas ellas, donde interpretaba a un miembro de la guardia nacional.
Éste y otros detalles nos hacen pensar que lo que se inició como el fin de una saga, terminó por convertirse en la elaboración de una nueva trilogía, a saber si con más entregas. Nos entristece que Romero, ya de casi ochenta años de edad, esté metido en otros proyectos muy distintos, lo que nos hace dudar, frente a nuestro pesar, que haga más películas sobre los muertos vivientes, aunque una cosa queda clara: las suyas han sido y serán las mejores.
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