
Y por fin llegamos al final de la “trilogía del perdedor” de Dennis Hopper. Comentamos más o menos lo ocurrido durante Easy Rider, el caótico proceso de gestación de la maestra The Last Movie junto al bizarro documental The American Dreamer, y nos quedamos justo en el punto en que The Last Movie únicamente duraría una semana en cartel siento relegada a los almacenes del estudio hasta hace bien poco.
Dennis sería expatriado de Hollywood rodando por toda Europa como vellocino dorado del cine, e incluso en Australia, y tras casi diez años entró en producción un film que le venía como anillo al dedo. En principio iba a ser dirigido por el mismo guionista, pero algo ocurrió que acabó cediendo su posición de autor a Dennis y vaya si funcionó.
Tras casi una década el autor Hopper regresaba a las salas y si bien no ganó el premio en Cannes como ocurrió con Easy Rider o The Last Movie, sí que logró que su tercera película como autor pasase por allí, siendo reverenciada por los más sibaritas. Según algunos de los mejores especialistas en cine de la época, Out of the Blue terminaría convirtiéndose en una de las diez mejores películas de los ochenta, opinión a la cual me subscribiría de no tratarse el film que nos ocupa de un dramón absoluto del autor.
Según el propio Dennis, su personaje en la película venía a ser el mismo de sus anteriores films, más concretamente el motero de Easy diez años después. Lo cierto es que es muy probable, si bien cabe recordar que las tres primeras películas dirigidas por Hopper son de un marcado carácter autobiográfico, casi como una inquietante novela tipo “lo revelaré todo”, y es que como en la vida real, los personajes sobre los que Dennis esculpe su oda al fin del nuevo Hollywood, de la soñada libertad del sueño joven americano: “odio los finales felices”.
Pues sí, en determinadas ocasiones es cierto porque la vida suele ser siempre así, en especial para los que tratan de cambiar las cosas. El paradigma real de la generación de los moteros tranquilos y los toros salvajes que inició Dennis podría resumirse en una frase del político Charlie Wilson: “Hicimos algo maravilloso, cambiamos el mundo…pero la jodimos al final de la jugada”, y en mi opinión eso fue exactamente lo que ocurrió con todos ellos.
Desde entonces, Hopper dirigiría otras cuatro películas y un cortometraje únicamente por encargos que le llovían, otorgando a sus producciones un hálito clásico y distintivo sin igual, aunque sin la precisión de su trilogía del perdedor. Si Dennis creó de la nada y con un presupuesto poco considerable tres perlas absolutas del cine americano, películas que jamás se habían hecho ni se volverían a hacer, personalmente no he visto nada parecido, para el resto terminaría por convertirse en un magnífico artesano cinematográfico, un rey en el exilio, un profeta reverenciado en Europa, pero silenciado en Hollywood, un mártir, un gurú olvidado.
Ahí quedan singulares obras de arte como Colors, con Robert Duval, la excelente Labios ardientes, el último canto al verdadero Dennis con la vapuleada Camino de retorno, o la desdeñable Misión explosiva, que sin embargo dio el último brillo a la carrera de un realizador único, a quien la industria logró tornar en un venerado actor de segunda que solía interpretar a los más retorcidos villanos.
Así Dennis Hopper, se convirtió en un símbolo de la desgracia cinematográfica, y de cómo los intereses de la mayoría, pueden vencer a la visión de la minoría, sin duda mucho más capaz e interesante, pero demasiado arriesgada y verdadera.
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